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Muelle de Castilla

La exposición, comisariada por Freya Day y en colaboración con Cultura Verda, toma el nombre de una de las infraestructuras del puerto de Tarragona y traslada a la escultura algunas de las formas que hacen posible la circulación de materias. Relieves y estructuras tubulares se extienden por la pared y el suelo con inclinaciones que recuerdan rampas de carga, depósitos o conducciones, mientras sus superficies incorporan texturas vinculadas a los materiales que han pasado por el puerto y a los sedimentos que configuran el litoral. El resultado no busca reproducir estas infraestructuras, sino trabajar desde las mismas lógicas físicas que las construyen.

Pero los rastros de estos movimientos no son solo físicos: también quedan inscritos en los nombres de los lugares. La toponimia conserva trayectorias y antiguas geografías que las transformaciones del territorio han ido cubriendo, y Llavaneras encuentra ahí una especie de registro que sigue funcionando cuando el paisaje ya ha cambiado. Las palabras se comportan así como fósiles lingüísticos, restos capaces de fijar en el presente algo de un territorio anterior.

Los papeles que documentan la actividad del puerto también acaban convertidos en materia escultórica. Llavaneras trabaja con registros de procedencias y cantidades, los pliega o los comprime y los convierte en formas de tubo y de embudo. La información pierde su disposición original sobre el papel y pasa a ocupar espacio, como si los datos siguieran el mismo proceso de transformación que las mercancías que documentan.

Algunas piezas incorporan, además, materiales orgánicos que continuarán cambiando durante la exposición. La cristalización y la degradación alterarán progresivamente las superficies, haciendo que el tiempo también intervenga sobre unas esculturas construidas precisamente a partir de procesos de sedimentación y transformación.

Muelle de Castilla
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