Si yo soy el cadáver, debe haber un arma
No hay cuerpo en el sentido estricto, pero hay indicios suficientes para afirmar que algo ha pasado, que ciertas imágenes han reorganizado silenciosamente la manera de mirar y, con ello, la forma de desear. La pantalla no es un límite, sino un portal: un umbral de sobreexposición donde el impacto no golpea, sino que se pega. Puede que estemos ante un tipo de arma difícil de identificar, precisamente porque cumple con todos los requisitos para ser deseada. En este contexto, la exposición de la artista Meritxell Cañas, presentada en el espacio Malpaís en el marco del festival Art Nou, explora la relación entre imágenes digitales, deseo e infancia mediante formas escultóricas donde lo familiar se entrelaza con lo inquietante, cuestionando nuestra manera de mirar.